

El segundo día de Lollapalooza Argentina todavía no había terminado de arrancar y ya estaba claro que no sería una jornada cualquiera. Desde el mediodía, apenas abrieron las puertas del Hipódromo de San Isidro, una marea rosa empezó a tomar el predio. No era casualidad: era el día de Chappell Roan.
Sus fans se encargaron de que todo el mundo lo supiera. Inspirados en la estética teatral y drag, que la cantante convirtió en marca registrada, miles de argentinos llegaron con looks cuidadosamente pensados. Maquillaje brillante, plumas, lentejuelas y una actitud festiva que parecía anticipar lo que iba a ocurrir horas después frente al escenario principal.
Pero hubo un detalle que terminó de unificar la postal del sábado: los sombreros vaqueros rosas. Aparecían por todos lados. Algunos con plumas, otros con brillos, otros intervenidos a mano. A medida que avanzaba la tarde, el color se multiplicaba hasta transformar el festival en una especie de homenaje colectivo a la artista que estaba a punto de cerrar la noche.
Y cuando el reloj empezó a acercarse a las 22.15, la hora marcada para su show, la multitud que avanzaba hacia el Flow Stage se volvió casi monocromática. El fenómeno ya estaba instalado antes de que sonara la primera nota.
Había una certeza y una incógnita. La certeza: Chappell Roan es uno de los nombres más fuertes del pop actual, ganadora del premio Grammy y protagonista de un récord histórico de convocatoria en Lollapalooza Chicago, el festival madre del que se desprende la edición argentina. La incógnita era si ese impacto global iba a traducirse en un show que estuviera a la altura de la expectativa. La respuesta llegó desde el primer acorde.
Puntual y con una presencia escénica magnética, Roan apareció en el escenario con un vestuario de princesa medieval que remitía directamente a su disco The Rise and Fall of a Midwest Princess. Detrás suyo, un enorme castillo dominaba la escenografía y convertía al escenario en el despliegue visual más impactante que se había visto hasta ahora en el festival.
La apertura fue con Super Graphic Ultra Modern Girl y el efecto fue inmediato. Gritos, saltos y hasta pogos empezaron a sacudir la tierra frente al escenario. La convocatoria, a esa altura, ya era la más multitudinaria de los dos primeros días de festival.
La fiesta terminó de explotar con Femininomenon. Como ya es habitual en sus shows, la dinámica del tema incluyó el clásico ida y vuelta con el público, que respondió con tanta energía que terminó sorprendiendo a la propia artista.
Pero no todo fue euforia. En varios momentos del set, Roan bajó la intensidad para dejar lugar a las baladas que también forman parte de su repertorio. Entre ellas se destacó The Subway, uno de los momentos más emotivos de la noche, con miles de voces acompañando cada verso.
El clima volvió a subir con uno de los grandes hitazos de su carrera, HOT TO GO!, algo así como el YMCA de la generación TikTok. Y si en otros lugares del mundo la cantante suele explicar la coreografía antes de arrancar el tema, en Buenos Aires no hizo falta. El público ya la sabía de memoria.
Miles de personas levantaron los brazos para formar las letras con una coordinación sorprendente. Desde el escenario, Roan no pudo evitar sonreír ante esa postal perfectamente sincronizada.
La conexión con el público también tuvo momentos inesperados. En medio del show, la cantante presentó a una pequeña criatura de utilería llamada Shigella. Lo que parecía un gag más del espectáculo se transformó en un momento desopilante cuando la multitud empezó a corear su nombre. La reacción de la artista fue inmediata: risa, sorpresa y una emoción genuina que nunca había vivido en otros conciertos.
A Chappell rindo do público da Argentina gritando o nome do seu pet de turnê, Shigella. 😂 pic.twitter.com/M6BO5T0Xcn
— We In The Crowd (@weinthecrowd) March 15, 2026
Y eso resultó especialmente significativo para una artista que en los últimos meses protagonizó varias polémicas por su incomodidad con la fama y su distancia con los fans. En Buenos Aires pasó algo distinto: el público logró sacarla del personaje más de una vez.
“Todos los artistas dicen que el público de Sudamérica es el mejor. Y tienen toda la razón. Esto es increíble”, dijo entre canción y canción, visiblemente conmovida.
El cierre fue tan simbólico como inevitable. Con un sombrero vaquero rosa que alguien del público le alcanzó desde las primeras filas, Roan se preparó para interpretar Pink Pony Club. Lo que siguió fue un coro multitudinario que se extendió por todo el predio y dejó uno de los momentos más emocionantes del festival.
Miles de voces cantando al unísono, un eco que parecía no terminar nunca y la sensación compartida de haber sido parte de algo especial. Porque si el sábado en San Isidro ya estaba teñido de rosa desde el mediodía, después de ese final quedó claro que el club de ponis de Chappell Roan había encontrado, al menos por una noche, una sede perfecta en la Argentina.



