
-¿Cómo fue la búsqueda documental de las historias que incluiste?
-Trabajé con muchos recursos diferentes. Revisé fuentes convencionales, como la prensa de las organizaciones de izquierda y los diarios y las revistas comerciales, que ofrecen recursos invaluables. Pero fue fundamental la posibilidad de reconstruir -de seguir en el tiempo y de armar series- lo que llamo trayectorias afectivas, es decir, los vínculos en sí mismos (los noviazgos, amores platónicos, uniones efímeras y para toda la vida) para eso me nutrí de la vastedad de memorias, recuerdos, testimonios, muchos dados a la justicia, que se produjeron en los últimos años al calor de la convicción que es necesario conocer esta época lo que movió la expansión de los archivos, la ampliación del acceso que, lamentablemente, muchos están en riesgo hoy por falta de recursos y, en algunos casos, se desmantelaron equipos completos de archivistas. Fue especialmente importante el archivo de Memoria Abierta, con más de mil doscientos testimonios, reconocido por su valor mundialmente. También realicé decenas de entrevistas con quienes militaron en esas organizaciones que se sumaron a las muchas entrevistas realizadas con anterioridad a jóvenes con diferentes posicionamientos e implicaciones políticas. Estoy muy agradecida con cada una de las personas que aceptó conversar sobre un pasado doloroso cuyo recuerdo, justamente, está unido a las pérdidas irreparables y a los efectos imperecederos, que se reactualizan en cada generación, de la violencia represiva, del secuestro y la desaparición ejercida por el terrorismo de Estado.
-¿Qué concepto de amor tomaste de base para el análisis?
-Tu pregunta toca una cuestión sobre la que volví una y otra vez. Diría que, a contrapelo de muchos estudios, evité partir de definiciones cerradas y fui tomando decisiones conceptuales en un ir y venir entre la teoría y la evidencia, mi reconstrucción. En ese ir y venir, asumí, quizás de forma radical, que no existe un único significado del amor. Me reafirmé en esta decisión releyendo a Roland Barthes (Fragmentos de un discurso amoroso, un libro muy particular, sugerente), que revela que el amor abre una exploración siempre provisoria e inacabada. Pienso al amor como un sentimiento voluble en su expresión y que implica múltiples elaboraciones culturales, que se proyecta con modulaciones propias sobre diferentes vínculos, sujetos, individuales y colectivos. Me fue útil, también, Francesco Alberoni, aunque tengo discrepancias con muchos de sus presupuestos, porque concibe a “eros” como una energía, que impone giros vitales, tentativas de cambio, que exige el riesgo y, a la vez, que mueve a la fusión y hace al otro insustituible. Mis discrepancias están en el carácter “natural” que él presupone de esas fuerzas, que, para mí, por el contrario, es imprescindible “desnaturalizar”, enraizarlas histórica y socialmente. Pensé, así, el amor en su polisemia, en el cruce de elaboraciones, para comprender lo político. Y, para eso, fue clave concebir al deseo en términos no sólo de lo libidinal sino en relación con lo colectivo, al momento breve pero decisivo, imprevisible, dominado por el anhelo de cambiarlo todo, como han planteado Verónica Gago y Georges Didi- Huberman. Ese anhelo de cambio, de una transformación emancipadora, definió esa época.
-Hablás en un momento de vínculos efímeros, pero, sin embargo, de gran significación afectiva. ¿Podrías contarnos a qué te referís?
-Los años setenta son un tiempo vertiginoso, en el que los acontecimientos políticos se sucedían uno tras otro, con gran dinamismo, cambiando con cada jugada de una fuerza política cada contexto, que surgía de las disputas, en la lucha y la negociación, lo que acontecería luego. El futuro siempre es impredecible, el tiempo es siempre abierto, pero en estos años se nota con especial claridad que nada estaba prefijado de antemano: la contingencia del proceso histórico se observa de forma prístina. Y, al compás de esa vertiginosidad, las vidas sentimentales estuvieron signadas de igual intensidad. Los amores y desamores de militantes estuvieron atravesados por esa doble vertiginosidad de quienes eran, recordémoslo, en su gran mayoría jóvenes, que estaban descubriendo la política y el amor al mismo tiempo. En ese tiempo vertiginoso con frecuencia las uniones podían ser provisorias, en función de los avatares que abría la propia lucha, las condiciones de clandestinidad, los riegos y eso implicó que muchos enamoramientos, uniones fortísimas, dejaran una huella indeleble en quienes lo vivieron más allá de la duración de los vínculos, algo que, por cierto, puede sucedernos a cualquiera. Pero, en este caso, muchas veces, la relación se frustró por sobrevino la tragedia y la muerte o la desaparición impidió el reencuentro.




