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    La diseñadora que luchó contra la anorexia y convirtió su vulnerabilidad en un concepto de moda

    ¿Cómo empieza tu historia con el cuerpo y la anorexia?

    “Vivía en una mansión de 3 pisos, pero la heladera estaba vacía y solo había una jarra de agua.”, responde. “Ya a los 16 años me veía gorda y empecé a buscar maneras (no saludables) para desprenderme de los supuestos kilos que me sobraban. Luego llegaron las bajadas y subidas abruptas de peso debido a las anfetaminas (8 a 12 kilos en un mes), el efecto rebote, la falta de menstruación, los desmayos en la calle, la boca seca. En una época me alimentaba a Coca-Cola Light, tomaba 3 botellas por día y eso era lo que ingería.” Fue en ese entonces que pesaba 47 kilos con su 1,68 metro; así y todo, ella se veía gorda.

    También pasó “por momentos de rebeldía en los que me daba atracones, uno atrás del otro”. Así fueron sus años de adolescencia y juventud transitando la anorexia, recurriendo a distintos lugares y profesionales. A los 24 años quedó embarazada y ahí mermó su obsesión por el cuerpo por un tiempo. Más adelante empezó de nuevo con los atracones porque “cuando no solucionás la base, todo sigue estando ahí”.

    ¿Cuál era la mirada materna?

    “Mi mamá provenía del mundo de la alta costura, me comparaba constantemente con otros cuerpos. No supo maternar; yo, por suerte, pude cambiar la historia”, lo dice con dolor y sin rencor, con mucha comprensión y aceptación hacia la madre que le tocó, entendiendo que su madre también hizo lo que pudo.

    “Mi mamá lo minimizaba, no le daba mayor importancia más que decirme ‘dejate de joder y comé un poco más’.” “Pero siempre había en ella una mirada que me juzgaba. Me decía: ‘Juli, dejá de comer, estás gorda, parecés una heladera’.”

    “Conviví con el sentimiento de rechazo de mi madre hacia mí. Ella no tomó dimensión; no me lo hizo a propósito, pero realmente tenía un tema con el cuerpo y la estética, y minimizaba lo que me pasaba.”

    ¿Cuál fue el punto de inflexión que te hizo decir “basta”?

    “Lo que verdaderamente me asustó fueron las palpitaciones. Me dije: ‘Esto no está bien, tengo que buscar ayuda’. Hoy digo que gracias a esa taquicardia a los 19 años una amiga me llevó a un hospital público y empecé a ser consciente de lo que pasaba. El médico que me atendió me dijo: ‘Si seguís así, te quedás seca’. Ahí empezó el camino para empezar a salir.”

    Además de tu amiga, ¿qué otras personas fueron tu sostén para empezar a salir de esa situación?

    “Mi papá y la mujer, mis hermanos, mis amigas fueron fundamentales.” “Quiero destacar la importancia de pedir ayuda y rodearse de buenos profesionales. Además del acompañamiento de familia o amigos, creo que es importante entender que no se sale de esto solo ni con ayuda afectiva solamente.”

    “Hay que abrirse a recibir ayuda de psicólogos, psiquiatras, nutricionistas. Ellos son quienes me llevaron a tener una vida normal, me hicieron dar cuenta de que yo vivía a dieta; hoy como a demanda.”

    “Por supuesto que yo también me comprometí realmente. No fue sin esfuerzo: me entregué a pedir ayuda a una amiga y luego a los profesionales. Que no te dé miedo decirlo: estamos hablando de salud física y mental, y no se sale de ahí sin hablar, quedándose callada.”

    Julieta se saca toda la cáscara que la envuelve y nos encontramos con su fragilidad a flor de piel, porque ella ya aprendió a no caretearla y a mostrar su vulnerabilidad, que es, en definitiva, lo que la hace humana y una mujer como cualquiera de nosotras.

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