

En tiempos donde las series planean despedidas épicas y finales que buscan conmover a generaciones enteras, Los Simpson eligen otro camino. A punto de alcanzar los 800 episodios, la ficción animada más longeva de la televisión estadounidense no piensa en un cierre definitivo. Al contrario: su equipo creativo considera que la idea misma de un “final” va en contra de su esencia.
Así lo dejó claro Matt Selman, histórico guionista y actual showrunner de Los Simpsono, durante una entrevista con TheWrap. En el marco de los festejos por el episodio 800, Selman explicó que la serie no tendrá un desenlace tradicional y que, incluso si algún día dejara de producirse, no habría un capítulo pensado como despedida formal.
Desde su debut en 1989 y su consolidación como emblema de la cadena Fox, la familia amarilla construyó un universo propio que funciona bajo reglas muy particulares. A diferencia de otras ficciones que desarrollan grandes arcos narrativos destinados a cerrarse, aquí cada capítulo es casi autónomo: empieza, se desarrolla y termina, para luego devolver todo a un punto de equilibrio.
Esa lógica de “reinicio” permanente, donde los personajes no envejecen y las consecuencias rara vez se sostienen en el tiempo, es parte fundamental del ADN de la serie. Para Selman, pensar en un final implicaría traicionar esa dinámica que permitió que la historia de Springfield se mantenga vigente durante casi cuatro décadas.
Según explicó el guionista, la propia estructura del programa hace innecesario un cierre definitivo. Cada episodio funciona como una pequeña película independiente que puede permitirse jugar con realidades alternativas, futuros hipotéticos o cambios drásticos sin alterar el corazón del show. Al final, todo vuelve a su lugar: Homero sigue trabajando en la planta nuclear, Bart continúa en cuarto grado y Lisa mantiene su espíritu crítico intacto.
Selman recordó que la serie ya se burló de la idea de un final en un capítulo especial que parodiaba los grandes cierres televisivos. Aquella entrega funcionó como una especie de comentario metatextual: si alguna vez hubiera un episodio “final”, probablemente sería tratado con el mismo humor irreverente que caracteriza al programa.
Otro de los motivos que explicó el showrunner tiene que ver con la libertad creativa. Al no estar atados a una conclusión, los guionistas pueden experimentar con historias cada vez más arriesgadas o emocionales sin cargar con el peso de una narrativa acumulativa. La serie puede satirizar la política contemporánea, la cultura pop o incluso su propio pasado sin preocuparse por cómo encajar todo en un desenlace definitivo.
Además, el concepto de continuidad en Los Simpson siempre fue flexible. Si bien existen algunos eventos que permanecen en la memoria de los fanáticos -ciertas muertes de personajes secundarios o cambios puntuales en la personalidad de algunos integrantes del elenco- la norma general es que nada altere de manera irreversible el statu quo. Esa cualidad casi circular es la que, paradójicamente, garantiza su permanencia.
Con nuevas temporadas ya confirmadas y una audiencia que se renueva generación tras generación, la serie parece lejos de despedirse. Pero incluso cuando llegue el momento en que deje de producirse, Selman dejó entrever que no habrá lágrimas programadas ni un gran evento de clausura.
La familia Simpson simplemente seguirá existiendo en su bucle eterno, disponible para que cada espectador vuelva a verla como si todo comenzara otra vez.
En una era obsesionada con los finales, la decisión resulta casi contracultural. Los Simpson no buscan cerrar su historia porque, en cierto sentido, nunca fue una historia con destino final. Fue, y sigue siendo, un espejo satírico del presente que se reinventa semana a semana. Y mientras Springfield tenga algo que decir sobre el mundo real, parece que el último episodio seguirá siendo, siempre, el próximo.



