En Un amor sin futuro
(Tusquets), de Betina González, elige salir de los lugares comunes, los tiempos
y las etiquetas con las que solemos pensar el amor. Su nueva novela indaga en
esa experiencia tan intensa como incierta que es enamorarse y pone en discusión
algunos de los mandatos que todavía organizan nuestra manera de mirar los
vínculos: la idea de que una relación vale por su duración, que toda historia
amorosa debería desembocar en una familia o que existe una única forma legítima
de construir una vida compartida.
Con una escritura fragmentaria -que se vuelve adictiva- atravesada
por referencias literarias y filosóficas, la autora busca capturar aquello que
considera irrepetible: la conmoción emocional de enamorarse y el milagro de
estar vivos en el presente. “La novela trata de la zozobra que es
siempre enamorarse”, dice en un momento. O, también: “Quería narrar lo único, lo irrepetible que es el enamorarse”.
En esta conversación con OHLALÁ!, González reflexiona sobre los prejuicios
que persisten alrededor de las mujeres que eligen caminos distintos a los
tradicionales, las relaciones con diferencia de edad y la tendencia
contemporánea a medir los afectos con criterios de productividad y rendimiento.
“¿Por qué medimos las relaciones como si fueran empresas comerciales?”, dispara
en un momento. “¿Qué nos dice eso de la mercantilización de nuestras vidas y
por qué lo permitimos?”.
También habla del lugar que ocupan el deseo, la literatura y la enseñanza en
su vida y en su obra, y reivindica una figura que atraviesa la novela: la del
maestro capaz de sostener el talento, afirmar la diferencia y acompañar a otros
en la búsqueda de una vida guiada por el deseo y no por los mandatos.

Prensa
– En la novela aparece una protagonista que dice no
haber querido hijos, marido, casa. ¿Cómo surgió ese personaje y qué te
interesaba explorar a partir de una mujer que se sale del guion tradicional?
– “Casa” no dice, jajaja. Dice “familia”. En todos mis
libros exploro personajes, sobre todo mujeres (pero también varones; en América alucinada hay un personaje que
adoro, Vik, inmigrante, enfermo, aparentemente asexual…) que no sigue el guion
tradicional. No es un plan: supongo que la manera de pensar y vivir de una se
filtra en la ficción. Yo no vivo de manera tradicional y soy feliz de ese modo.
El problema lo tienen los demás. Bueno, supongo que me interesaba explorar eso,
la mirada terriblemente canceladora que nuestra época tiene sobre las mujeres
de más de 50 que no siguieron mandatos y, a veces, esa mirada canceladora
proviene de mujeres, ¿eh?. Más allá de eso, hay una novela de Beatriz Vignoli
que me gusta mucho porque lo cuenta a partir de algo aparentemente trivial. A
una mujer de esa edad se le escapa el gato y, en su búsqueda denodada de ese
animal que adora, se vuelve sospechosa. Vivimos en una época en la que si una
persona tiene más de 50 años y no es padre o madre y encima vive solo o sola,
se vuelve el enemigo de la sociedad. Mientras tanto, esa es una edad de
plenitud absoluta de la vida. Me parece que una de las funciones de la
literatura es mostrar esa plenitud, esos otros modos de vivir que no siguen los
mandatos, cuestionarlos a través de la imaginación en acción, que es la
ficción.
– La diferencia de edad sigue generando más incomodidad
cuando la mujer es mayor que el hombre. ¿Sentís que algo cambió realmente o que
todavía persiste una mirada muy patriarcal sobre esos vínculos?
– Cambiaron cosas, pero creo que en la superficie.
Digamos que hay más cuidado en las declaraciones y comentarios en redes, etcétera.
Pero no creo que sea un cambio de fondo. Todavía es noticia que una mujer salga
con alguien más joven; que lo haga un hombre, no. Y si analizás los titulares
elegidos podés ver que el segundo caso no solo es natural, sino que se celebra;
mientras que el primero es una especie de excepción o algo “freak”. Pero esto
no es tan interesante como lo que le subyace: el mandato de la familia
patriarcal. Es incomprensible para esta sociedad que una mujer no lo siga. Por
eso es censurada una relación con diferencia de edad: porque descarta ya el
tema reproductivo, mientras que un varón puede reproducirse a los 80, si
quiere, por eso no se censura. Ahora, como dije, está bueno ver el supuesto
detrás: se supone que ese es el objetivo único de una relación amorosa: la
reproducción. A mí eso me parece de una pobreza espiritual desoladora: la vida
está llena de relaciones de amor que no suponen “la tierra infértil de la
familia”.
– El título Un
amor sin futuro parece tomar, con cierta ironía, aquello que la sociedad
dictamina sobre ciertas relaciones. ¿Cómo apareció ese título y qué querías
poner en discusión con esa idea de “futuro”?
– Justamente la frase que cité recién. Quería
cuestionar varios prejuicios, mandatos de nuestra sociedad al plantear algunas
preguntas (no necesariamente dar respuestas). 1. ¿Está bueno que toda relación
se evalúe por su “duración”, ¿quién dice que un amor que dura décadas es más
valioso que el que dura unos meses, años o unos días?; 2) ¿Por qué medimos las
relaciones como si fueran empresas comerciales? ¿Qué nos dice eso de la
mercantilización de nuestras vidas y por qué lo permitimos?; 3 ¿Formar una
familia es la única razón para estar con alguien? Sabemos que la familia puede
ser un sistema de iniquidades: ¿por qué lo vemos como único destino? La
historia de la humanidad está llena de personas que tuvieron vínculos intensos
y creativos fuera de la idea de familia y que las hicieron crecer, alcanzar el
máximo de su potencial. Acá también se puede ampliar y pensar en muchos tipos
de amor que hoy son invisibles, no se suelen narrar en primer plano: las
amistades, los maestros, etc.
“Un rol de un maestro puede ser ese: sostener el talento, afirmar la otredad como posibilidad y el deseo como camino de vida”.
Betina González
– En la novela aparece la menopausia y la protagonista
habla de “el fin de las lunas”. Aparecería como un tiempo de libertad, pero
ella lo pone en duda. Hoy se habla mucho más del tema, ¿cómo creés que estamos
narrando socialmente ese momento de la vida de las mujeres?
– Creo que hay que tener cuidado. A mí me ponen nerviosa
las novelas que se venden como “novelas de la menopausia” porque es otra
etiqueta como las “novelas de maternidad”: solo sirven para reversionar formas
de censurar la escritura de las mujeres al ponerle una etiquetita de “libros
para minas”. Como lectora, tampoco me
interesa un libro que se piense así y haga de un tema algo “heroico”. Por
ejemplo, el de Miranda July es así, está lleno de clichés, parece que la autora
se puso la obligación de escribir sobre ese tema solo para tratarlo como eso,
un tema más de “por qué las mujeres sufren más” o algo así. Yo creo que la
ficción es otra cosa: la ficción es una interpelación que le habla a cualquiera
(no un público nicho recortado por la agenda de moda). En ese sentido, mi
novela no trata de la menopausia, es un tema lateral que entra por las voces
censuradoras de las amigas de la protagonista y las voces sociales. La novela
trata de la zozobra que es siempre enamorarse. Y una cosa que me alegra es que
muchos hombres también la están leyendo y comentándola con entusiasmo.
– La novela está atravesada por citas y referencias
filosóficas y literarias, desde Voltaire hasta Pessoa. ¿Cómo fuiste tejiendo
esos intertextos? ¿Son lecturas que te acompañan hace años?
– Sí, son lecturas de toda la vida. De Pessoa a Yeats,
creo que la poesía es el género que realmente nos forma en cómo vivir, qué
hacer con el amor, la sensibilidad, el talento. Son realmente manuales de magia
contra los males de nuestra época (los libro basura, la industria del wellness,
las apps de citas).

Un amor sin futuro, de Betina González. – Prensa
– Hay ecos de escritoras como Annie Ernaux, Marguerite
Duras o Colette en esta exploración del deseo femenino y la diferencia de edad.
¿Qué tradiciones literarias sentís cercanas para esta novela?
– Me gusta mucho esta pregunta porque esas autoras fueron
centrales para mi exploración. Cuando apareció la idea de contar esta historia
de amor vi dos cosas: 1) Que en Latinoamérica casi no había novelas que se
tomaran en serio el tema de la diferencia de edad; 2) Que fuera de nuestra
tradición literaria, las novelas que contaban la relación “mujer mayor que
hombre” terminaban siendo un asunto sórdido, excepto la de Marguerite Duras,
que es sublime (Yann Andreas) porque cuenta todas las posibles facetas de esa
relación justamente sin hacer una crónica, con su escritura incendiaria e
impar. Eso la coloca fuera de esta lista, realmente. No se compara a la Ernaux
o la de Davis. Es realmente única.
Escribí la mitad de Un amor sin futuro antes de encontrarme con el libro de Duras. Y
fue como si alguien me hubiera dicho: sí, vas bien. Porque justamente a mí no
me interesa una novela que parece periodismo, que parece una crónica. Quise
hacer algo diferente con la forma literaria, de ahí la voz, las citas, los
capítulos breves, lo fragmentario. Realmente esa forma logra, para mí, que no
pierda intensidad lo que yo quería narrar: lo único, lo irrepetible que es el
enamorarse. Es la forma literaria la que te da una especie de acceso mágico a
la verdad emocional.
– En un momento aparece la frase: “Escribir es
descubrir el yo”. Y a la vez que exige “estar a la altura”. ¿La escritura sigue
siendo, incluso después de tantos libros, una experiencia de riesgo o de
exigencia personal?
– Siempre es riesgo. Si no, no vale la pena. Lo que
sucede es que cada libro es un riesgo diferente.
– La relación entre docente y alumno aparece con mucha complejidad, lejos del escándalo fácil. ¿Qué te interesaba explorar de ese vínculo atravesado por admiración, sensibilidad y talento?
– Bueno, hacía rato que quería escribir sobre ese
vínculo. Por eso está el personaje de Emily, que es central para mí. Yo admiro
a mis alumnos, todo el tiempo estoy asombrándome de lo que son capaces de hacer
y a la vez siento la responsabilidad de su talento casi como un peso. ¿Qué
hacer con el talento? ¿Cómo guiarlo,
como no sofocarlo y a la vez lograr que esa joven se dé cuenta del tesoro que
tiene? Esas son preguntas que me he hecho y encarnaron en los dos personajes,
pero sobre todo en el de Emily, porque ella no se da cuenta al principio. No
tengo respuestas para esas preguntas, por eso preferí narrarlas. Es una época
la nuestra que no tiene respuestas para el talento. Es una anomalía. Un rol de
un maestro puede ser ese: sostener el talento, afirmar la otredad como
posibilidad y el deseo como camino de vida.
– En varias escenas aparece una crítica a cierta lógica
contemporánea donde todo parece mercantilizarse, incluso los vínculos. ¿La
literatura puede funcionar como resistencia frente a eso?
– Sí, definitivamente. Por eso el arte y la cultura son
atacados con virulencia en esta época. Son de los pocos lugares de resistencia.
– Si tuvieras que definir qué es “tener futuro” en un
vínculo amoroso, después de escribir esta historia, ¿qué dirías?
– Diría que la idea de futuro es el problema. Perdimos
la habilidad de vivir en el presente. Incluso con tu pareja de décadas te
cuesta ejercerla. Creo que este libro apunta a eso: al intenso milagro de estar
vivos y de ser capaces de amar (ahora, en este instante, qué importa para qué o
por cuánto tiempo).
La autora, que respondió por escrito estas preguntas,
sumó una Posdata (PD), ese texto
que se añade a una carta después de haberla firmado.
Proviene del latín post
scriptum
(escrito después) y, por experiencia, suele ser algo de lo más importante que
se acota y, en ese mismo acto, se destaca.
Cierra la escritora: “PD: Etimológicamente milagro
quiere decir ‘sonreír ante lo que no se comprende’”.
Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.





